

Allá en las entrañas de aquel
Paraíso,
mas cerca del cielo que de la tierra,
en las verdes cañadas de la sierra,
sufridos pastores cuecen su guiso;
en tanto los perros hacen su guerra,
con el lobo hambriento allí de improviso,
clavando su zarpa en tiempo preciso,
murió la cabra en sus dientes de sierra.
Una tras otra diezmó las ovejas.
¡Pobre blasfemo que cedió rezando!,
a La Virgen del Llanto entre las rejas,
consolando al pastor en su tristeza;
sola y en la penumbra, exclamó llorando:
¡Pastores venid, quiero vos grandeza!.
Antonio Pérez.