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AUTOR: JOSE GREGORIO HIDALGO HERRERA-JODAR LA CRUZ DE REQUENA Es la Comarca de Sierra Mágina la formada por una quincena de pueblos y alguna que otra aldea desperdigados en torno a la áspera geografia que impone su sistema central, dominada por la sierra del mismo nombre. Su dificil combinación de valles y barrancos, sierras y entrecerros, arroyos y mesetas, sotos y cañadas, le hacen ser variopinta y hermosa dentro de su común condición de agreste y tortuosa. Como tierra que es donde nací y vivo, para mí es entrañable y única. Quizá por estas peculiaridades estratégicas, o quizá también porque ya estaban agotados de mamporros y espadazos, de arcabuces y trabucazos, nuestros ilustres y aguerridos predecesores defensores de la Fe, al llegar aquí decidieron frenar su avance en tiempos de la Reconquista, y anduvieron cien años descansando en sus luchas de" moros y cristianos", aunque no por eso dejaron de afilar sus espadas y alfanges, preparándose ya para el avance final que culminara con la conquista de los castillos de Cambil y Alhabar un siglo después, y que fue preludio de la derrota final de nuestros sufridos sarracenos, con la conquista de Granada. Lo cierto es que pasamos una centena de años siendo zona fronteriza, y eso de alguna manera tiene aún marcado nuestro carácter, muchas de nuestras tradiciones, nuestras costumbres y leyendas. No en vano fueron cien años de avances y retrocesos, de pactos y traiciones, de emboscadas y escaramuzas. Hubo reñidos amores y prohibidos amoríos entre miembros de enemigas religiones y razas distintas. Romances escondidos y raptos novelescos. Hubo en fin tal follón, que nos quedó como secuela una riquísima variedad de mitos y leyendas que se han ido apócrifamente transmitiendo de padres a hijos, y que a mi ahora, cargado de patriótica inquietud, me preocupa salvar ante el desafio desigual a que el cine y la televisión nos tiene sometidos. Lucharé denodadamente y en desigual batalla, por salvar a nuestros Mantequeros y Cancamusas, a Carlistas y Martinillos, ¡que haberlos háylos! como es bien sabido de todos. Pléyade de ellos y aún otros, deambulan en nuestras historias y leyendas, contadas al amor de la lumbre, por mas que la lumbre y el amor hayan desaparecido ya. Existía hasta hace poco en la carretera, otrora camino, que une los pueblos de Cabra, Bélmez de la Mora-Leda (no es error, sino que el pueblo debe su nombre a una mora llamada Leda, que a saber que haría para que terminara dándole nombre a Bélmez), y Huelma con Jódar, a poco mas de una legua ya de este último, una empinada cuesta llamada La Cuesta de Requena, hoy suave rampa por la que no se precisa cambiar de marcha al coche por muy desvencijado y asmático que este sea. Tal paraje debía su nombre a una cruz de piedra, redondeada y de no mas de una vara de alta, que cimentada sobre una pequeña losa cuadrada también de piedra del tamaño de un palmo, se encontraba a unos cinco o seis metros de su margen, casi arriba ya de la cuesta Yo la he conocido, y sepa el lector soy bastante más joven de lo que del talento que demuestro con esta historia podría desprenderse. Sobre dicha cruz no faltaba nunca una pequeña corona, a juego con la cruz, osea pequeña, bien es verdad que la dicha corona yo siempre la he encontrado mustia y seca, pero no por ello menos respetable. Parece ser según reza en la leyenda, que allí se enterró o cuando menos allí murió el tal Requena, aunque los acontecimientos que explican su muerte son, como se verá un tanto peregrinos, mas no por ello menos ciertos. Solían y aún suelen los pocos que quedan, aunque ahora con la facilidad viajera el mérito es otro, los trabajadores fijos en los cortijos escapar algún día de la semana "a excuso" a pasar una noche en el pueblo para tratar algún asuntillo importante con la mujer, importancia que a lo largo de los días se iba haciendo urgente, hasta que el asunto no podía esperar mas, y acabado el trabajo en el crepúsculo ya, tomaban el camino para no llegar muy tarde al problema, resolverlo cuanto antes, y marchar de nuevo al cortijo para trabajar sin falta al día siguiente. Esa debió ser la razón por la que nuestro buen Requena, trabajador de uno de los caseríos desperdigados por la raquítica vega del desigual Río Jandulilla, aprovechando una hermosa noche de luna llena que iluminaba aceptablemente la senda, caminaba bien entrada esta por la susodicha vereda cuando, según la leyenda, encontró un borrego bien cebado en medio del camino, y sorprendido agradablemente por el hallazgo pues los tiempos no estaban para comer carne todos los días, ni siquiera para comer, y entendiendo que el llegar con él a su casa favorecería bastante la resolución del asunto que le llevaba, cargolo a sus espaldas poco antes de iniciarse la Cuesta. El borrego, bien cebado, pesaba lo suyo pero eso no fue para nuestro hombre, recio y fuerte como se dice que era, más que un motivo de satisfacción, y con ese buen ánimo inició la Cuesta. O algún duende travieso empezó a hacer su maleficio, o realmente él había medido mal sus fuerzas, lo cierto es que cuesta arriba el borrego pesaba mas a cada paso que daba. Llegado casi al final de la pendiente, cuando sus fuerzas estaban ya peligrosamente diezmadas, el cordero, que debía tener mala leche, le dijo: Requena, ¿peso?, ¿ peso?. Y ¿que se podría esperar del ya reventado Requena?. Pues sencillamente que, "ipso facto", la palmó. El lector, como me habría pasado a mi, habrá parado un momento su lectura y a estas alturas estará pensando, ¡el autor es jilipollas, o cree que el jilipollas soy yo, o somos jilipollas los dos!. Pero quiero que sepa que nada mas lejos de mi intención que faltarle el respeto ¡hoy que los lectores andan tan escasos! Como me lo contaron se lo cuento. Y para que vea que aún conservo mi raciocinio, debe pensar conmigo: La historia no se sostiene por sí sola. Aparte de la dudosa e improbable alocución del animal, pues siempre se ha dado por cierto y hablado del "silencio de los corderos". Si fue así ¿quien la contó?, O Requena volvió y la transmitió Dios sepa a quien, pero por supuesto cojo pues de no serlo, se habría lanzado de inmediato a recorrer las mil millas de Indianápolis. O la contó el borrego, lo cual es sumamente cuestionable también. Y a partir de ese momento pensara como yo que este no es ni relato ni leyenda, sino simplemente un rollo macabeo. Pero no dé por concluido este dilema, espere a leer la segunda parte de la historia, (porque realmente silo es), y cambiará como yo de pensar sobre este grave y enigmático asunto. Conocida que había sido por mi la contada aventura y severamente desestimada por el preclaro raciocinio de que hago gala, opté por archivaría en lo mas recóndito de la conciencia, dándola por resuelta definitivamente. No volví a hablar del tema. Pero en una ocasión, estando celebrando una fiesta entre amigos por la feliz terminación de unos trabajos agrícolas de temporada, alguien sacó a relucir el suceso, y yo burlescamente me apresuré a rebatirla con toda clase de jocosos epítetos. Estaba presente en aquella reunión un anciano muy conocido en el grupo, el Tío José, hombre estimado por su seriedad y respetado por su serena sabiduría de que hacia derroche cuando alguien le planteaba alguna cuestión delicada. Había sido de todo a lo largo de su prolongado curriculum por lo que su experiencia en toda clase de temas era bastante enriquecedora. Uno de los oficios que más había ocupado su muy trabajada existencia era el de arriero y, fruto de este, acopiaba multitud de lances y experiencias que habían ido abonando su ya brillante caletre. Interrumpió nuestra irreverente tertulia en torno al hecho, y me dijo con cariñosa benevolencia que no hiciese mofa de algo que no entendía bien, pues por no entenderlo, podría escapar a mis capacidades de acierto, y emitir veredicto equivocado. Frenado yo por su recriminación y por el respeto que me merecía, dejé de hablar, y pasamos todos a escuchar la defensa que se preparó a hacer de su tesis. Era el Tío José, sabio por lo viejo y filósofo por lo arriero. Tenia un no pequeño gracejo para relatar, aún a pesar del limitado vocabulario de que suelen adolecer los arrieros, pasadas tantas y tantas horas por esos caminos de Dios sin mas interlocutores que sus borricos, necesitados estos como están de un léxico mas contundente que dialéctico. Hágaseme por ello gracia de que, sin dejar de aprovechar los ingeniosos giros y los castizos vocablos que él utilizaba, sazone yo con mi mejor erudición su muy sabroso discurso. Y dijo así: Siendo yo joven y estando en el noble oficio de arriero, era frecuente en mí dar con mis huesos en ventas y posadas, hoy desaparecidas ya, de que era rica nuestra comarca. En ellas nos solíamos encontrar los que practicábamos el oficio y más o menos teníamos nuestra relación de amistad, y en algunos casos enemistad, entre todos nosotros. Había un arriero natural de los cercanos Montes Orientales ya en la limítrofre provincia de Granada, hombre grandote, fanfarrón y borrachín, bueno en el fondo y pobre desgraciado como todos nosotros. Por si solo se encargaba de llenar de voces y fanfarronadas las tabernas por las que nos íbamos encontrando, ello mientras vaciaba de vino todas las botas y pellejos que se ponían a su alcance en los ventorros donde nos tocaba descansar o pernoctar. Amenudo Rodrigo, que así se llamaba, terminaba durmiendo por su embriaguez bien en el suelo puro y duro, o cuando más en el establo revuelto con sus sufridas acémilas. Una noche, estando yo presente, alguien sacó como aquí el tema de la ya por entonces conocida Cruz de Requena, y en aquella ocasión también, el relato produjo mas risas que respeto, sobre todo de nuestro granaíno; tanto que el tabernero le amenazó con que en una de sus "chispas" había de toparse para su mal, con la Cruz de las muchas veces que atravesaba por aquél paraje, y habría de jugarle una mala pasada. Nuestro hombre sacó lo mejor de su vocihueca fanfarronería y dijo no temer ni a vivos ni a fantasmas, y en su soez lenguaje dijo:" Me meo yo en la Cruz y en el mismo Requena". Así quedó el lance, y llegada la hora, todos nos fuimos a dormir a nuestros roñosos camastros, excepto nuestro amigo que a otro día amaneció sentado en la misma silla y echado sobre la misma mesa en que nos lo dejamos la noche antes. Poco tiempo después coincidimos Rodrigo y yo una tarde en un cortijo de las huertas de Huelma, a donde habíamos dado con nuestros huesos para cargar fruta que al día siguiente se vendería corvo a corvo en el mercado de Jódar. Estando la tarde mediada, y siendo largo el camino, nos preparábamos para partir, cuando el dueño del cortijo me pidió ayuda para mover unos troncos caídos, y mi colega no queriendo esperar, pues en su malicia sabia que si llegaba primero al pueblo vendería pronto y mejor su mercancía, salió media hora antes hacia su Destino. Después salí yo, y transcurridas un par de horas, la noche se nos echó encima. También en aquella ocasión había luna llena y el camino aparecía bastante nítido y andador. Bien entrada la noche acometí la subida de la famosa Cuesta, y muy cargado como mi borrico venia,aflojó bastante nuestra marcha. Llegado casi arriba del repecho, mi bestia empinó la orejas y, medio dormido que iba montado en ella, "espabilé" al contemplar como el hermoso jumento de Rodrigo estaba atravesado inmóvil en medio del camino. Preocupado me apeé de mi cabalgadura y me acerqué al lugar. El burro, asustado con la rienda caída, rígido por el miedo, miraba fijamente a una piedra al borde del camino en la que yo nunca había reparado, y que juraría que antes no estaba allí. Tenia la piedra un tamaño mediano y un color claro, y por su forma parecía un animal postrado. A la luz de la luna se apreciaba una protuberancia en forma de cabeza, unas hoquedades que bien podían ser las cuencas de los ojos y unos romos salientes el hocico y las orejas. Podía parecer muy bien un perro a no ser por que su costado aparecía rugoso y aborreg …. ¡Coño, el Cordero!. El Tío José no lo dijo, pero a estas alturas del relato, sus ojos delataban el miedo que le inundó. Fácilmente se adivinaba lo que había pasado: Yendo Rodrigo entre borracho, (pues la bota que colgaba del corvo se apreciaba medio vacía), y adormecido montado en su caballería, y espantándose esta a la aparición de la piedra en el recodo, dió con el caballero en el suelo y no recibiendo ella ningún "estímulo" de su amo, quedose pasmada ante la aparición. Me puse a buscar al buen hombre y se ve que este, atontolado por la caída y anestesiado por el vino, fue arrastrándose hasta recorrer unos metros, ¡El cielo me valga!, hasta alcanzar el pie de la Cruz, que allí mismo estaba, pues no es necesario decir que nos encontrábamos exactamente en "el lugar de autos". Un electrizante pánico recorrió el cuerpo del único espectador, amen de los borricos, presente en el escenario. Muy cerca del arriero, casi pisándole, se apreciaba la negra figura de un hombre, recio y fuerte, que alevoso, estaba "meándose" copiosamente sobre el infeliz caido.. Indignado por la ignominia y aterrorizado por la escena, pero venciendo aquella a este, me atreví a gritar ¡Pero que está usted haciendo!, ¡Eso no se hace! ¿Quien es usted?. La figura, imponente, sin dejar su faena regatoria, se volvió hacia mí. La oscuridad de la noche no me dejó bien ver su cara, que yo adiviné como terrible, y con voz grave y contundente, me contestó: ¡Requena!.
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