Están los campos maltrechos
y afligidos los jilgueros,
ya no cantan los rocieros,
ni se alejan de sus techos,
anhelando sus derechos,
y entre zarzas: alimañas,
se apoderan de montañas.
¡Tinte la lluvia de verde!,
ya la riqueza se pierde,
por las míseras campañas.
Por las heridas entrañas,
se vulneran las grandezas,
a veces de sutilezas,
a veces tantas españas,
acogen tantas calañas,
se apoderan de bondades
y esparcen calamidades,
usurpadores de estancias,
siempre injustas abundancias,
por la ausencia de verdades.
¡Crisis!, faz de vanidades,
voz dolida el que predica,
que en rico logro practica,
se sostiene en calidades,
mientras mueren sociedades.
Miedo a la crisis del alma,
ni se cura, ni se calma,
anclada en la fe: desgasta,
por el vigor que malgasta,
cuando la ansiedad empalma.
En buen provecho desarma,
quien amaña en su silencio,
buena tajada del rancio,
anticuada su vieja arma,
bajo el polvo de la norma
y la gallardía de antaño,
pronto se tuerce de engaño,
solapado en la riqueza,
solo dimana aspereza,
temiendo su desengaño.
Como soldado de estaño,
volátil y quebradizo,
el nuevo que su bien hizo,
muere preso de su empeño,
de rutina año tras año.
Sola queda la materia,
verduga de tanta histeria
y su anzuelo pendulea,
suavemente en la marea,
para enganche a su miseria.
¡Cambie España su historia!,
por el trabajo y el invento,
y el movimiento en talento,
el arte sea memoria,
el placer de carne: ¡gloria!.
¡vuela en tu viento bandera!,
roja, gualda y ligera,
libre de tanto prefecto,
la razón en su defecto,
en vanguardia de la esfera.
Cuando el buen padre requiera,
el fiel voto de su hijo,
encubridor de su alijo,
como salvador que fuera,
promete mejor manera,
para el gozo de los sumisos.
Con los laureles precisos,
todos al redil acuden
y al corte de voz aplauden,
premiadores y concisos.
Culpan del mal a insumisos,
a falta del fundamento,
creador del instrumento,
que libere a tantos lisos,
del peso de los avisos.
Cuando falsos testimonios,
alterados por demonios,
siembran conductos severas,
no tiene el odio fronteras,
agraviando patrimonios.
Por alterados agobios,
amengua e insatisface,
la sensualidad que place.
¡Deleitad, cautos los novios!,
la dulce miel en los labios,
lejos siempre de la guerra,
de la arrogancia que encierra,
que hiere por fanatismos,
de patrios nacionalismos,
vertiendo sangre en la Tierra.
ANTONIO CABAL-23/05/93
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